
En 2007 firmé. No lo hice con miedo ni con ambición, lo hice con confianza, que es mucho más peligroso. Firmé porque llevaba años cumpliendo, porque nunca había fallado, porque era un cliente correcto, previsible, de los que no dan problemas. Firmé porque no fui al banco a pedir nada, porque el banco vino a mí. Firmé porque aquello no se
En 2007 firmé. No lo hice con miedo ni con ambición, lo hice con confianza, que es mucho más peligroso. Firmé porque llevaba años cumpliendo, porque nunca había fallado, porque era un cliente correcto, previsible, de los que no dan problemas. Firmé porque no fui al banco a pedir nada, porque el banco vino a mí. Firmé porque aquello no se presentó como una apuesta, ni como un producto complejo, ni como un riesgo. Se presentó como un regalo. Un regalo por ser quien era, por mi historial, por mi fidelidad. Un seguro, dijeron. Una protección. Algo que me convenía. Algo pensado para mí. Y yo, que nunca había jugado a nada que no entendiera, firmé creyendo que nadie te regala una trampa cuando llevas años caminando recto.
El Ibex subía. Subía cada día como si el suelo no existiera. Una escalada constante, limpia, sin sobresaltos. Los gráficos eran siempre ascendentes, las explicaciones siempre tranquilizadoras. No había ruido. No había alarma. Solo una sensación difusa de que algo no terminaba de encajar, una molestia pequeña, casi vergonzante, como si dudar fuera de mala educación. Y mientras el índice subía, mientras la prensa hablaba de bonanza, mientras los bancos sonreían, dentro de mí empezaba a instalarse una incomodidad lenta, una presión invisible que no sabía aún cómo nombrar.
Los primeros cargos llegaron sin estruendo. Llegaron como llegan las cosas importantes que van a joderte la vida: sin hacer ruido. Los números no cuadraban, pero siempre había una explicación técnica, una frase bien aprendida, una respuesta que sonaba a conocimiento. Yo preguntaba, ellos hablaban. Yo dudaba, ellos calmaban. Yo insistía, ellos relativizaban. Y allí estaba Santi, mi amigo Santi, el comercial de turno, el rostro amable de un sistema que no necesitaba villanos, solo intermediarios obedientes. No era un traidor de película. No llevaba capa ni colmillos. Era peor: era normal. Cumplía su función. Cobró su comisión. Treinta monedas que no eran de plata, sino de rutina, de sistema, de engranaje. Me vendieron sin odio y sin épica, me vendieron porque tocaba hacerlo.
A medida que avanzaba 2007 empecé a notar que no dormía igual. El cuerpo siempre llega antes que la cabeza. Te avisa cuando algo no va bien, aunque todavía no sepas explicarlo. Me despertaba con la sensación de que algo se me escapaba, de que había firmado algo que no controlaba, de que las palabras “seguro” y “protección” empezaban a sonar huecas. Pero seguía adelante, porque rendirse a una sospecha sin pruebas también parece una forma de locura.
En 2008 la sospecha ya no era silenciosa. Se había convertido en ruido. En tensión. En una necesidad casi física de entender. Y fue ahí donde apareció la escritura. No como proyecto, no como ambición literaria, sino como tabla de salvación. Escribir fue una forma de no romperme. Una forma de ordenar el caos. Una forma de decirme a mí mismo que lo que estaba viviendo no era una paranoia individual, sino una experiencia real que merecía ser contada.
Yo Fulanito. Yo me defiendo, ¿y tú pagas? no nació como libro. Nació como desahogo. Como un cuaderno mental donde volcar la rabia, la incredulidad, la sensación de estar atrapado en un contrato que no había sido explicado, ni comprendido, ni asumido en igualdad de condiciones. Escribía para no gritar. Escribía para no reventar por dentro. Cada página era una descarga, cada frase una forma de recuperar el control sobre algo que me lo estaba quitando todo: la tranquilidad, la confianza, el sueño.
Mientras escribía, el Ibex seguía subiendo, como si se burlara. Como si el mundo financiero avanzara en dirección contraria a mi vida. Y yo, testarudo como siempre, no porque fuera valiente sino porque no sabía ser otra cosa, me defendía como podía. Leyendo contratos escritos para no ser entendidos. Releyendo cláusulas que parecían diseñadas para cansarte. Preguntando a quien no quería responder. Chocando una y otra vez contra un muro de tecnicismos que solo servían para ocultar una verdad sencilla: aquello no era un seguro, era una trampa.
Y entonces llegó el desplome. No fue una bajada elegante. Fue una caída libre. El Ibex se hundió, el sistema se resquebrajó, la gran mentira quedó al descubierto. Lo que durante meses había sido presentado como estabilidad se reveló como pura ficción. 2008 fue el golpe. 2009 fue la confirmación. El mismo sistema que se desmoronaba exigía pagos. La misma banca que pedía rescates reclamaba obediencia. La estafa quedaba desnuda, pero nadie pedía perdón.
Ahí empezó la guerra. No una guerra épica, sino una guerra sucia, lenta, agotadora. Primero contra Caixa Sabadell, con escritos, con reclamaciones, con cartas que parecían perderse en despachos donde nadie escuchaba. Después contra algo mucho más grande, contra una banca que actuaba en bloque, contra un mundo que había decidido que algunos tenían que caer para que otros siguieran cobrando bonus y primas.
El miedo se fue transformando en determinación. Ya no había espacio para la ingenuidad. No era un héroe, no quería serlo. Era un tipo cansado de ser tomado por imbécil. Me defendí como pude, con palabras, con memoria, con una testarudez que muchos confundieron con locura, pero que no era más que dignidad mal entendida por quienes nunca la han necesitado.
El libro dejó de ser solo un refugio. Se convirtió en prueba. En arma. En testimonio. Me habían vendido por una comisión miserable. Habían jugado con mi vida financiera como quien mueve fichas en un tablero. Y ahora esperaban silencio. No lo tuvieron. Entre 2007 y 2009 perdí tranquilidad, perdí confianza, perdí tiempo. Pero gané algo que no se firma en ningún contrato: la certeza de que rendirse no era una opción. Ahí terminó una etapa. Y empezó otra más dura todavía. La de luchar no solo contra un banco, sino contra un mundo entero que había normalizado la estafa.

Fira de Pallejà, 19-09-2009. De aquí al Senado de España. No es una metáfora ni una consigna hueca, es una línea recta trazada a golpe de dignidad. Todos los políticos lo saben. Todos. Están informados por los afectados, por el pueblo al que dicen representar cuando les conviene y al que ignoran cuando molesta. Lo saben porque se les ha
Fira de Pallejà, 19-09-2009. De aquí al Senado de España. No es una metáfora ni una consigna hueca, es una línea recta trazada a golpe de dignidad. Todos los políticos lo saben. Todos. Están informados por los afectados, por el pueblo al que dicen representar cuando les conviene y al que ignoran cuando molesta. Lo saben porque se les ha escrito, porque se les ha hablado, porque se les ha perseguido con papeles bajo el brazo y verdades incómodas en la boca. Y aun así, la pregunta sigue siendo la misma, seca, brutal, sin adornos: ¿harán algo?
Mientras ellos miran hacia otro lado, nosotros aprendimos a mirarnos entre nosotros. Porque hubo un momento en que la lucha dejó de ser solitaria. Al principio era uno frente al banco, uno frente al contrato, uno frente al espejo preguntándose si estaba loco. Pero poco a poco apareció el refugio. No un refugio cómodo, sino uno necesario. Noclip. El castillo. El foro. Llámalo como quieras. Un lugar sin mármol ni moqueta donde los afectados empezamos a reconocernos. Donde cada historia confirmaba que no era un error individual, sino una estafa colectiva perfectamente organizada.
Ahí nos organizamos como pudimos. Con nicks en lugar de nombres, con noches robadas al sueño, con mensajes escritos con rabia y con miedo. Ahí empezaron las escaramuzas. A la caza de políticos que huían de nosotros como si lleváramos la peste. A la caza de banqueros que se escondían tras recepciones y secretarias. No buscábamos venganza, buscábamos respuestas. Y no las había. Solo silencios, evasivas y la sensación cada vez más clara de que el sistema estaba diseñado para no escucharnos.
En medio de todo eso, una noticia lo explica todo. Una sola. El Economista, viernes 27 de noviembre de 2009. El Banco de España dice que acabar con los suelos de las hipotecas sería un desastre para la banca. Así, sin rubor. Sin vergüenza. El Banco de España justifica que no se bajen los tipos de interés de las hipotecas al precio real del euríbor más un diferencial razonable porque las entidades tienen problemas de solvencia. Porque necesitan cada euro para pagar su propia deuda y para aprovisionar la morosidad que generamos todos los que no pagamos.
Aprovisionar la morosidad que generamos todos.
Los que no pagamos la deuda del swap.
Esto es la hostia.
Llevo meses diciendo exactamente esto, a mi manera, en el foro y a quien me quiera escuchar. Meses. Y de repente lo sueltan así, negro sobre blanco, sin anestesia. La banca no puede cumplir porque está quebrada, pero el problema somos nosotros. Nosotros, los estafados, los que no podemos pagar un producto tóxico vendido como seguro. La solución, entonces, es sencilla y brutal: no pagar. Todos jodidos. Los afectados y los bancos. Empate técnico en la miseria. ¿Y quién puede arreglar esto? Papá Estado. Pero resulta que Papá Estado también está en crisis, endeudado hasta las cejas, arrodillado ante los mismos a los que debería controlar.
Y entonces surgen las preguntas que nadie quiere responder. ¿Sabemos la verdad sobre la solvencia del sistema financiero español? ¿O nos están contando un cuento para justificar la mayor estafa del siglo XXI, como ya empieza a insinuar incluso la prensa que antes callaba? ¿Es realmente la crisis económica una excusa suficiente para legalizar el saqueo, para normalizar el abuso, para sacrificar a miles de familias en el altar de la estabilidad bancaria?
Aquí es donde empieza el segundo tomo. No con fuegos artificiales, sino con cansancio. Con una herida que ya no sangra, pero sigue doliendo. El primer tomo terminó cuando el cuerpo dijo basta, cuando hubo hospitales, silencios forzados y una vida que siguió a trompicones. Pero la conciencia no se apagó. Nunca se apaga. Y ahora retomamos el relato no para empezar de nuevo, sino para continuar donde lo dejamos, con más verdad y menos ingenuidad.
Los primeros capítulos levantaron acta. Dejaron constancia de lo que muchos preferirían enterrar bajo alfombras de marketing bancario y tecnicismos jurídicos. Cada página arrastraba contratos manipulados, promesas rotas con sonrisa comercial, reuniones envueltas en un lenguaje frío que pretendía ocultar lo evidente: esto fue violencia institucional. Violencia estructural. Bien hablada, bien vestida, pero despiadada. Una violencia que convirtió a personas normales en víctimas silenciosas de una estafa tan legal por consentida por los propios afectados como inmoral por consentirla los políticos, yo siempre dije lo mismo si no hay factura no hay deuda.
Yo siempre dije lo mismo: si no hay factura, no hay deuda. Lo repetí cuando todavía dudaban de nosotros, cuando nos llamaban exagerados, cuando intentaban convencernos de que aquello era normal, legal y asumible. Lo dije porque era de sentido común, porque nadie puede reclamar lo que no demuestra, porque sin transparencia no hay obligación y sin verdad no hay legitimidad. Y sin embargo, el sistema siguió adelante como si esa evidencia no existiera, como si la lógica fuera un estorbo y la justicia una molestia.
El primer tomo fue testimonio. Señaló con nombres y apellidos. Contó cómo se vive cuando te arrebatan la tranquilidad a cambio de un producto incomprensible. Cómo te venden una trampa como si fuera paz. Cómo enferma la gente de tanto aguantar. Pero también contó algo más importante: la dignidad. Porque incluso cuando el cuerpo cae, la conciencia sigue de pie. Y porque esta nunca fue solo una historia de dinero. Fue una historia de resistencia.
Ahora el relato es colectivo. Ya no escribo solo. Escribimos muchos. Cada compañero es una página viva. Cada mensaje nocturno, cada asamblea improvisada, cada carta enviada sin respuesta, forma parte de este cuerpo común herido, pero en pie. El castillo fue eso: una fortaleza hecha de palabras. Un lugar donde descubrimos que no estábamos locos, que no fue ignorancia, que no fue mala suerte. Fue abuso. Fue sistema. Fue diseño.
Y desde ahí, desde esa trinchera sin banderas, este segundo tomo avanza. Sin promesas de finales felices. Sin redención fácil. Pero con algo mucho más peligroso para el poder: memoria, organización y voz. Aquí no se escribe por venganza, se escribe por justicia. No se escribe por uno solo, se escribe por todos los que firmaron confiando y despertaron en una pesadilla financiera con bata de tecnócrata.
Así que abramos estas páginas sin miedo. Que entre el aire, que entre la rabia, que entre la verdad. Porque aquí seguimos. Como en el castillo. Como en la calle. Como en cada casa donde un afectado lee y, por fin, entiende que no está solo. Y porque, aunque este sea el segundo tomo, no es una continuación. Es una declaración de guerra contra el olvido.

Nací en 1959 en Brenes, Sevilla, en una familia de ocho hermanos. Tuve el privilegio de ser el último en llegar y todavía hoy me siguen llamando el niño. Éramos muchos, como se era entonces, y no sobraba nada salvo ganas de salir adelante. Mis padres hicieron lo que hicieron tantos otros: emigrar. No por aventura, sino por necesidad. Cog
Nací en 1959 en Brenes, Sevilla, en una familia de ocho hermanos. Tuve el privilegio de ser el último en llegar y todavía hoy me siguen llamando el niño. Éramos muchos, como se era entonces, y no sobraba nada salvo ganas de salir adelante. Mis padres hicieron lo que hicieron tantos otros: emigrar. No por aventura, sino por necesidad. Cogimos el tren llamado El Sevillano y nos fuimos a Barcelona. Yo era pequeño, pero hay viajes que se te quedan grabados aunque no sepas explicarlos. Ese fue uno. No recuerdo los asientos, pero sí el cambio de mundo.
En 1965 vivimos un par de años en la Meridiana, en una posada entre Marina y el Clot. Un sitio de paso, como tantos otros donde recalaban los que llegaban con una maleta, un colchón prestado y la esperanza de algo mejor. Después fuimos a L’Hospitalet, al barrio de Santa Eulàlia. Era la última parada del metro. Eso se decía así, tal cual, como si el mundo acabara allí. Vivíamos en una calle recta que bajaba hasta la Gran Via. No recuerdo el número, pero recuerdo el trayecto. Recuerdo ir andando al colegio Calvo Sotelo, que estaba cerca. Muy cerca. En poco más de un año hice tres cursos de la antigua enseñanza general básica. Tres cursos en un suspiro. Y ahí se terminó mi etapa académica.
Un par de años después llegamos a Pallejà. Por motivos que no vienen al caso, mis padres no me escolarizaron más. No hubo drama, ni discurso, ni psicólogos. La vida era así. Se hacía lo que se podía. Y a mí la vida empezó a enseñarme por su cuenta, sin libros de texto ni pizarras. Aprendí en la calle, en el trabajo, en las conversaciones de mayores, en los silencios.
A los catorce años empecé a trabajar en una fábrica de muebles en Molins de Rei. Era un crío. Me corté con una máquina fresadora de molduras. El miedo se me metió dentro como un animal. Y entonces entendí otra cosa importante: no estaba asegurado, no tenía contrato, no existía para nadie. Ahí empecé a darme cuenta de algunas cosas que no salen en los manuales. Cosas que te enseñan antes que cualquier ideología.
Me cambié de trabajo y entré en el mundo de la moda. Y allí me quedé hasta los treinta y cinco años. Fueron años de oficio, de aprendizaje, de disciplina. A la vez, devoraba libros de política y sindicalismo. Leía como quien busca aire. Entré en las juventudes comunistas, milité en el PSUC, colaboré con sindicatos como CCOO, también con la CNT. No por postureo, sino porque creía —y sigo creyendo— que organizarse es una forma de dignidad.
Más tarde me hice empresario. Tuve un par de tiendas de ropa. Fui modisto de alta costura. Viví la satisfacción de crear algo propio con las manos y con la cabeza. Hasta que llegaron los chinos y el mercado se convirtió en una trituradora sin memoria. Cerré las tiendas. Me pasé a las reformas. Y entonces estalló la crisis del tocho. Otra vez el suelo se abrió bajo los pies.
Fue entonces cuando me regalaron un swap. Y ya sabemos cómo sigue esa historia. Ahí empezó la guerra con la banca. Y, sin yo saberlo todavía, ahí empezó también mi vena literaria. Porque cuando te quitan la tranquilidad, o te rompes o escribes. Y yo escribí.
Años después me di cuenta de que toda mi vida había sido un aprendizaje sin título. Que mi universidad fue la emigración, el trabajo precoz, la militancia, el fracaso, la reinvención. Por eso cuando hoy se habla de inmigrantes, yo no miro desde arriba. Yo miro desde dentro. Me reconozco. Con una diferencia importante: yo emigré en mi propia tierra. Fui un privilegiado. No crucé mares ni fronteras. Cambié de sur a norte, de campo a ciudad, de pobreza a otra forma de pobreza. Pero seguí en casa. Aunque esa casa no fuera mía.
Porque la tierra no es de nadie. O es de todos. Yo me considero ciudadano del mundo. No por eslogan, sino por biografía. Porque he vivido lo suficiente para saber que nadie elige dónde nace, pero sí puede elegir cómo camina. Y yo he caminado como he sabido. A trompicones, con errores, con miedo, con coraje. Y al final, con palabras.
La vida me quitó los estudios, pero me dio experiencia. Me quitó certezas, pero me dio mirada. Y cuando llegó la estafa bancaria, cuando intentaron volver a tratarme como número, respondí con lo único que ya nadie podía quitarme: la memoria y la escritura. Ahí crecí como persona. Ahí nació el escritor aficionado. No por vocación literaria, sino por necesidad vital.
Y aquí sigo. Con la mochila llena de vida. Sin títulos, pero con historia. Sin patria fija, pero con conciencia. Porque todo lo que soy viene de ahí: de Brenes, del tren, de Santa Eulàlia, de Pallejà, de las fábricas, de los libros, de las luchas, de las caídas. Y de no haber dejado nunca que otros me dijeran quién soy ni cuánto valgo.
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